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El espejismo de la libertad de expresión

Marisu Moreno. Periodista. Directora adjunta de ELPLURAL.COM

Madrid, 3 de mayo de 2016. La caricatura de Mahoma sosteniendo un cartel con el lema “Je suis Charlie” bajo el titular “Todo está perdonado” dio la vuelta al mundo. Era la portada con la que la revista satírica ‘Charlie Hebdo’ volvió a los kioskos una semana después de sufrir un ataque terrorista en enero de 2015 en el que murieron doce miembros del equipo, entre ellos el director. Medios de todo el mundo se hicieron eco de esta reivindicativa viñeta del dibujante Luz cargada de simbolismo. Entre ellos, el diario turco ‘Cumhuriyet’. Los dos periodistas responsables de la publicación, Ceyda Karan y Hikmet Cetinkaya, han sido condenados a dos años de cárcel por incitar al odio y a la hostilidad.

Han tenido ‘suerte’ de vivir en Turquía. En Yemen, por ejemplo, podrían haberse enfrentado a la pena de muerte. La libertad de prensa, esencial para la convivencia democrática y el respeto a los derechos humanos, es una utopía en gran parte del mundo. Este es sólo un ejemplo y, desgraciadamente, los hay peores.

En Siria los periodistas son testigos incómodos de la sangrienta guerra civil que ha provocado más de 250.000 muertos según datos de la ONU, pero que podrían ser más, y cuatro millones de refugiados. Tres reporteros españoles, Antonio Pampliega, José Manuel López y Ángel Sastre, llevan casi diez meses secuestrados. Sólo querían informar de la grave situación de este país árabe.

Según Reporteros sin Fronteras (RSF) Magreb y Oriente medio son las zonas más difíciles y peligrosas del mundo para ejercer el periodismo. Junto a Siria la situación es especialmente preocupante en Irak, Libia y Yemen. Incluso en los países que viven supuestamente en paz, hay problemas para la libertad de expresión y el derecho a la información. Es el caso de Egipto, Bahréin o Irán.

En 2015, según RSF, murieron 63 periodistas por causas relacionadas con el ejercicio de la profesión y otros 40 profesionales fueron asesinados sin que se conozca aún el motivo de su muerte.

En lo que va de año trece periodistas han muerto por querer informar y a los 151 que han sido encarcelados hay que sumar otros 162 por comentarios a través de internet. Es el caso de Alaa Brinji, que ha sido condenado el pasado 24 de marzo a cinco años de prisión en Arabia Saudí por criticar en Twitter a sus gobernantes. Durante el juicio, según denuncia Amnistía Internacional, se le impidió la asistencia de un abogado, a pesar de que corría el riesgo de ser condenado a muerte por apóstata.

Mientras tanto, en España vivimos el espejismo de la libertad de expresión. Es cierto que no muere ni se condena a nadie por expresar sus opiniones pero los poderes fácticos han desarrollado otras formas más sutiles de menoscabar el acceso de los ciudadanos a la información.

El ejemplo más gráfico de cómo se han deteriorado las libertades en España es la llamada ley mordaza, que convierte en delito, entre otras cosas, grabar imágenes de policías reprimiendo manifestantes. Pero hay más: ruedas de prensa sin preguntas, un portal de la transparencia nada transparente, precariedad laboral creciente, directores de periódicos de quita y pon, titiriteros encarcelados por ironizar con AlkaETA, capos mediáticos que lanzan toda su artillería y a su propio grupo contra los medios que han publicado sus affaires panameños, o ‘nuevos’ políticos que señalan y se burlan en público de periodista. Hay para todos los gustos.

Sin embargo, hay esperanza. Frente a la crisis de los medios tradicionales, internet y las redes sociales se han convertido en el buque insignia del periodismo libre e independiente. Wikileaks fue sólo el inicio de este nuevo ecosistema mediático.

El 3 de mayo se celebra el Día Mundial de la Libertad de Prensa. No nos callarán. 

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