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8 de marzo, recordando a las desterradas

Fanny Rubio. Patrona de FIBGAR y escritora. 

Madrid, 8 de marzo de 2015. Son mujeres y nacen en Madrid, Barcelona, Valladolid, Lugo o Logroño entre 1884 y 1909. Nacen con la telegrafía sin hilos y crecen ?casi todas? con la ciudad en la que habitan. Ven la luz durante la regencia de María Cristina (1885-1902) y el reinado de Alfonso XIII, ambos atravesados por la guerra de Cuba. Tienen, en la primera parte de sus vidas, cierta huella del espiritualismo nietzscheano que marcará alguna de estas personalidades. Si miraran fotografías de sus primeros años verían sus rostros pensativos, sus frentes claras y despejadas, pensadoras, más propias, en su preocupación implícita, de una escultura de Rodin que de un grabado impresionista o de una escena del primer cine mudo. Pues entran a jugar en la vida en un contexto poco favorable que ellas intentan transformar.

Alguna crece en familia proletaria, como Dolores Ibárruri; la mayoría, sin embargo, pertenece a la clase media, y estudiará en institutos y en universidades. También hay entre ellas actrices y pintoras. Aunque no formen grupo, están unidas por un destino general común, el destino de España; sus trayectorias lograrán confluir finalmente en el páramo del exilio y sus edades se juntarán, también, tras la llamada de la historia. Son el reflejo más matizado de una verdad en continuo proceso de ensanchamiento y desvelamiento, aunque sus nombres hayan estado oscurecidos por la historia oficial.

Muchos años más tarde, como ocurre en Aloma (1937), novela de una joven catalana de casi 30 años, cada una de ellas sigue siendo una superviviente en un mundo legislado por otros. Pero juntas constituyen el primer grupo de mujeres intelectuales de toda nuestra historia: Federica Montseny, Margarita Nelken, María Zambrano, Mercè Rodoreda, María Teresa León y Clara Campoamor, entre otras muchas.

Si comparásemos a estas mujeres con los personajes de novela que habían entusiasmado a sus madres ?y ya me refiero a las letradas? casi no las reconoceríamos. Ni siquiera convierten la escritura en arma arrojadiza contra la sociedad excluyente como lo hiciera la condesa de Pardo Bazán, ni asumen la retórica patética más contundente de la abogada Concepción Arenal. No tienen que vestirse de hombres, como ésta; pueden organizarse en sindicatos y partidos. Ya no entran solas en la Universidad, como Maria Goyri.

Las primeras intelectuales

Seamos conscientes del empuje que va a adquirir, en los años veinte y treinta, la cultura representada por esa primera generación de mujeres intelectuales, como asegura Margarita Nelken en su libro Las escritoras españolas (1930), «una victoria conseguida tras empeñado combate, y, cuyo logro, las pasadas generaciones no hubieran podido siquiera sospechar», que relaciona a las españolas con sus hermanas europeas, aquéllas que en el continente y en el mundo se mostraban por la emancipación femenina.

Desde luego, las escuelas filosóficas españolas de la segunda mitad del siglo, krausismo y regeneracionismo, habían puesto la base teórica de esta transformación (en otros países resonaba el impacto del Manifiesto Comunista (1848) que hablaba de «un mundo que ganar», para la humanidad entera). Pero los ejemplos eran más que aislados: Concepción Arenal entra en la Universidad vestida de hombre (Rosario de Acuña tiene que huir a Portugal por escribir el apedreamiento por los estudiantes de dos muchachas que van a estudiar a la Universidad de Madrid), Hasta 1919 no se crea la primera asociación feminista de España, la Asociación Nacional de Mujeres Españolas y, por las mismas fechas, el primer periódico feminista, El pensamiento femenino, dirigido por Benita Asas. Pero las mujeres españolas habrán de esperar al año 1931 para tener, si son casadas, personalidad jurídica, y si son tanto casadas como solteras, el voto y el divorcio, la primera ley que desarrolla el concepto de igualdad.

Sólo dos mujeres serán elegidas diputadas en las elecciones de junio de 1931, fecha en que un decreto del gobierno provisional declara que mujeres y curas pueden ser elegidos diputados. Las dos mujeres son la diputada de Izquierda Republicana, Victoria Kent, y Clara Campoamor, del Partido Radical. Dos mujeres entre 465 diputados, que serán tres a finales de 1931 cuando ingresa en las Cortes la socialista ?luego comunista? Margarita Nelken.

De sobra conocido es el debate por el voto de mujeres que enfrentó a las dos únicas mujeres diputadas, y a la radical con su partido (pues Clara Campoamor sería la única que se manifestara a favor del sufragio femenino, contra su compañera). De forma algo chistosa, el diario Informaciones del 1 de octubre de 1931 señalaba: «Dos mujeres solamente en la cámara y ni por casualidad están de acuerdo» (después que los radical-socialistas presentaran una enmienda el 1 de septiembre de 1931 para restringir los derechos electorales exclusivamente a los hombres).

Más tarde, Azaña hace el retrato de las tres diputadas: «Victoria es sencilla y agradable, y la única de las tres señoras parlamentarias simpática; creo que es también la única... correcta». Quizá por esa impresión era aplaudida, mientras que su compañera Campoamor era interrumpida continuamente. Y a lo mejor por esa «gracia» fue expulsada de su puesto (1932), por carecer de «dotes de mando». Hasta 1933 no se puede estrenar el voto problemático, cuando el drama de España está a la vuelta de la esquina.

Pasando el tiempo, este episodio por el sufragio femenino cobrará cuerpo en Memoria de la melancolía, de María Teresa León, a través del personaje de la abuela. María Teresa León aborda el gesto de ésta quien, cuando llega la República, agarra la mantilla y va a votar: y vota, no sin antes forcejear con los «apoderados» de la mesa electoral que, poco convencidos de la «calidad» ideológica de su opinión, se aferraban a una pequeña traba alfabética para impedirle hacer uso de ese derecho.

Se extiende su influencia

Volviendo al grupo, van a ser estos años de inmediata preguerra cuando estas mujeres extienden su influencia por los campos de la política, la literatura y la cultura en general: la Unión Republicana Femenina (1931) es creada por la abogada Clara Campoamor. El Comité Nacional de Mujeres contra la guerra y el fascismo se funda, entre otras, por Dolores Ibárruri (1933). Tendremos la primera mujer ministra de la historia de España, Federica Montseny, y la primera mujer del mundo que actuó ante un tribunal supremo de guerra fue Victoria Kent, defensora de uno de los firmantes del Manifiesto Republicano, Álvaro de Albornoz. Ella misma logró hacer desaparecer los grilletes y las cadenas de las cárceles de hombres siendo directora general de Prisiones.

Maruja Mallo expone en los locales de la Revista de Occidente (1928), Margarita Xirgu lleva a los escenarios a Valle, a Galdós, y a García Lorca. Llegan también sus libros: Estación de ida y vuelta, de Rosa Chacel; Horizonte del liberalismo, de María Zambrano; La mujer española ante la República (1931), de María Lejárraga, fundadora también de la Asociación Femenina de la Educación Cívica; Las escritoras españolas y Guía espiritual del Prado de Margarita Nelken. Todas ellas van a llenar también las páginas de cultura y política de la prensa contemporánea, desde Hora de España a la revista Octubre o El mono azul.

En la España de los años 30, la lucha literaria y cultural de las mujeres se verá atravesada por la guerra incivil... y la literatura y el teatro entran también en ese vértigo y llegan los escritores a defender en sus congresos a una República que no podía morirse. Surgen nuevas mujeres (Lina Odena, Aida Lafuente) a nutrir lo que ya es un esfuerzo límite, convencidas de que si esa guerra se perdía, se perdería la propia guerra por salir de las cuatro paredes históricas. Nuevas mujeres anarquistas y socialistas salen a combatir: Aida Lafuente muere luchando a los 17 años en Asturias (1931). También muere Juanita Rico... Muchas figuras de mujer empapelan las paredes de la España leal a la República, empuñan las armas como en el caso de Aurora Arnázi (que a los 22 años dirige en el Alto del León una columna contra Mola). Visten pantalones con una extraña naturalidad. Y todas son soldados. «Todos éramos soldados», escribe María Teresa León en su libro Memoria de la melancolía. Es el capítulo violento al que sucederá otro no menos doliente: el del exilio.

Reconcentrándose, soñando, la escritora María Teresa León recupera con letras el tono de la infancia y se recrea en esta revisión: así también las otras, caminantes por otros países de América y Europa. Rosa Chacel lo hará en Brasil, María Zambrano y Margarita Nelken en México (y Suiza también la primera). Victoria Kent en Nueva York, Dolores Ibárruri en la entonces URSS, Margarita Xirgu en Uruguay, María Martínez Sierra y Clara Campoamor en Argentina. Ahí están otra vez ellas. Negando la violencia que ha recaído sobre los despatriados: «¿Qué tenemos que ver con los países donde vivimos?», dice la autora de Memoria de la melancolía. Escribiendo la historia desde un tono. Un tono de sobreviviente, tono moldeado por la desposesión y el exilio. Mas... un tono que nace cuando tiene la perspectiva necesaria para no ser «espejos rotos». Como ocurre con muchas de sus compañeras, y en especial María Zambrano, es el tiempo el que conforma y funda la expresión; en el tiempo rescatado por el recuerdo escrito perfila la nueva identidad de quienes fueron parte de la memoria nuestra.

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