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Meditación, recuerdo y conmemoración del genocidio de Ruanda

Manuel Miguel Vergara Céspedes. Director del Departamento Legal de FIBGAR

Madrid, 7 de abril de 2017. Hoy, 7 de abril, es el Día Internacional de Reflexión sobre el Genocidio de Ruanda cometido en 1994. Se trata de una jornada de conmemoración propuesta originalmente por el Consejo Ejecutivo de la Unión Africana en marzo de 2003 y que finalmente obtuvo acogida internacional de manos de las Naciones Unidas en 2004. Se propone desde entonces este día como uno de meditación, recuerdo, conmemoración y en definitiva asunción de que un evento de aquellas características no podía ni debía repetirse nunca más.

 Pero, ¿Qué sucedió en Ruanda en abril de 1994? El pequeño país de África Oriental situado en la región de los Grandes Lagos es sui géneris por varias razones.  A diferencia de otros Estados del continente no tiene sus fronteras marcadas con la precisión de una escuadra y cartabón, resultado de los repartos entre potencias europeas en el Congreso de Berlín de finales del siglo XIX. Se consideran, de hecho, una nación que ha sobrevivido desde antes, durante y después de la conquista alemana y belga a la fusión territorial con otros pueblos vecinos. Su dinastía reinante en el momento de la independencia así lo atestiguaba: un linaje Tutsi que se remonta más allá de los cronicones europeos y que ya dominaban un reino con población sedentaria a orillas del lago Kivu. Su vecino más meridional, Burundi, podría dar con orgullo el mismo relato. 

La colonización alemana y después la belga cristalizaron una organización social en que una minoría Tutsi (generalmente considerada como la pudiente, basando su economía en la ganadería) dominaba a la indiscutible mayoría Hutu (centrada en la agricultura y menos poderosa) y a la presencia testimonial de pueblo pigmeo Twa. La obsesión por analizar científica y genéticamente las distinciones étnicas entre grupos y comunidades se hizo patente durante el Holocausto nazi, pero ya demostró dicha perversión haciendo “sus pinitos” en África. Los carnés de identidad donde se mostraba a qué etnia pertenecía cada ruandés resultaron ser el cenit del positivismo racista europeo en el que la pertenencia a un grupo se debía oficializar con todas sus consecuencias (acceso a la educación, poder, economía, etc.). 

Cuando llegó la independencia de los belgas en 1962, la realidad y lógica política que se instalaba en el recién nacido Estado (aunque vieja nación) hacía imposible los repartos de poder. El sistema democrático que promocionaba Occidente (después de décadas de sometimiento) invitaba a que las mayorías en el registro demográfico fueran también mayoría en el poder, sobre todo en una tierra donde la ideología política (viejo paradigma de izquierda-derecha) no tenía cabida y el verdadero elemento de pertenencia a un partido político era la sangre, la etnia: ser Hutu o Tutsi.

Un referéndum mandó al exilio al último monarca ruandés, Kigeli V, poco antes de la emancipación. Ya como Estado independiente, los gobiernos que se sucedieron fueron eminentemente Hutu. No obstante, el rencor entre las dos grandes etnias se mantuvo y la violencia no tardó en estallar, a veces de manera testimonial y otras en forma de verdaderas masacres. 

Exilio a Uganda

Buena parte de la población Tutsi se exilió a Uganda, donde constituyeron el Frente Patriótico Ruandés. Sus incursiones en territorio de Ruanda alimentaban los argumentos y discursos del Gobierno en Kigali para tacharlos de “cucarachas”, deshumanizarlos y presentarlos como un enemigo único de la nación. La presión internacional les invitó a acercar posturas y fomentar la redacción y firma de los Acuerdos de Arusha donde se debía rebajar el tono del conflicto. Pero cuando el 7 de abril de 1994, el avión en que viajaba el presidente ruandés Juvénal Habyarimana fue atacado y derribado, con la consecuente muerte del dirigente, el genocidio estalló. Un genocidio que muchos desearon, prepararon, costearon y finalmente ejecutaron y que se prolongó durante tres meses dejando detrás más de 800.000 muertos, principalmente Tutsi y Hutus moderados. 

Este desagradable evento histórico hizo patente una vez más que el hombre era capaz de lo peor. Recordó que la Segunda Guerra Mundial estaba más cerca de lo que se imaginaba (sin mencionar su coetáneo conflicto en los Balcanes). La respuesta que dio el derecho fue sin embargo excepcional. Se constituyó el Tribunal Penal Internacional de la ONU para Ruanda, que durante unos 18 años tuvo como cometido dar una respuesta judicial a alrededor de 80 casos (los más significativos) y fomentar la reconciliación. Esta lucha contra la impunidad se complementó con cientos de procesos ante la jurisdicción ordinaria de Ruanda y finalmente, se completó con los miles de casos resueltos por unos tribunales consuetudinarios llamados Gacaca

El papel de la comunidad internacional

 En este Día Internacional de Reflexión sobre el Genocidio de Ruanda es necesario porque más allá de conmemorar a aquellas víctimas que sin culpa alguna fueron torturadas, perseguidas, violadas y asesinadas, es menester recapacitar sobre el papel que tuvo la comunidad internacional y en concreto la ONU en aquellos atroces eventos.

Las Naciones Unidas fueron responsables de no minimizar los efectos del genocidio. Actuaron con una inaceptable lentitud y retiraron sus tropas en lugar de redoblarlas. El Consejo de Seguridad se reveló incompetente para reaccionar como era debido y el Secretario General ratificó la incompetencia de las facultades que le otorga la Carta. 

Si al menos estas críticas quedaran para un simple análisis histórico y se pudiera decir que un conflicto de aquella naturaleza no se repetirá jamás, la comunidad internacional estaría dignificando a aquellos damnificados del genocidio. Sin embargo, no parece obvio que esto esté siendo así. La comparativa se hace cada vez más obvia y evidente: el conflicto de Siria. Muchos querrán evitar las comparaciones diciendo que son odiosas. Unos se escudarán en la definición de genocidio y planteará que el elemento persecutorio es político por encima del religioso (cristianos, drusos, sunníes…), nacional (kurdos), étnico o racial (estos cuatro forman parte del tipo delictivo internacional del genocidio mientras que el político no). Otros desalmados señalarán que el número de víctimas mortales sigue siendo inferior (como si la barbarie tuviera un número de mínimos o máximos). La historia, probablemente, vuelva a llamar a la conciencia y memoria dentro de quizás un década para establecer una nueva jornada internacional en recuerdo de unas víctimas que hoy aparecen en las costas del Mediterráneo ante la cínica mirada de esa comunidad internacional. 

Imagen: Adam Jones


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