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La justicia de los pueblos originarios

María Garzón. Directora de FIBGAR. Manuel Miguel Vergara. Director Legal de FIBGAR.

Madrid, 9 de diciembre de 2014. Colombia acoge a grandes comunidades indígenas que son ejemplares en muchos sentidos aunque desde la arrogancia del hombre occidental se infravaloren o incluso lleguen a ser despreciadas.

El conflicto armado que sufre el país es complejo, sangriento y demasiado largo. Va mucho más allá del binomio de buenos y malos. Los enfrentamientos duraderos terminan desfigurando a todos los implicados y al final no queda nadie sin su porción de culpa. Guerrilleros, paramilitares, el Gobierno... y otros actores: los indígenas que, con frecuencia, no eligieron las armas para cambiar el país ni perseguir la revolución pero no por ello cedieron en sus reclamaciones de respeto y reconocimiento de derechos. Muchos han consolidado sus instituciones tradicionales de participación política y de administración de justicia con la negociación y acuerdo del Gobierno colombiano. Nunca renunciaron a la justicia ni aun estando inmersos en el proceso de paz.

 El pasado 5 de noviembre, en el Valle del Cauca, un pequeño grupo de guerrilleros fue sorprendido por dos agentes de la guardia indígena acometiendo una actividad ilegal: la apología de la violencia a través de una pancarta. Su persecución concluyó cobrándose la vida de aquellos dos guardias. Los hechos no quedaron impunes. La comunidad del lugar activó sus mecanismos de justicia en ese mismo instante. Las autoridades del Cabildo instruyeron y presentaron el caso. Se investigaron y constataron los hechos. El tribunal constituido por la Asamblea, compuesta por seis mil miembros de la comunidad Nasa, decidió la condena.

En la cosmovisión indígena, el individuo se vincula con su entorno por medio de tres lazos: con la Madre Tierra, consigo mismo y con la comunidad. Los menores que participaron en el homicidio pidieron disculpas ante el pueblo restableciendo ese vínculo de vecindad. Los adultos en cambio se enfrentan ahora a una pena de prisión en cárceles gestionadas por la colectividad. Las armas que utilizaron fueron fundidas ante los ojos vigilantes de los oriundos del poblado. Así cristalizaba el mensaje más poderoso: el de la reconciliación y también el de la certeza de que la sociedad no acepta ni apoya el uso de armas.

De este modo viven y nos enseñan los pueblos originarios. Los mismos que desde hace décadas han conseguido el reconocimiento de sus derechos a nivel internacional con la Declaración de las Naciones Unidas de los Derechos de los Pueblos Indígenas de 2007, el Convenio 169 de la Organización Internacional del Trabajo que exige la consulta previa, la aparición de un Relator Especial y los mecanismos propios del sistema interamericano. Pese a todos esos pasos, aún falta mucho por hacer. Todavía existen numerosos pobladores que no han visto sus derechos y dignidad restablecidos mediante el reconocimiento y respeto a sus instituciones tradicionales.

El hombre occidental tiene una gran tarea ante sí. Ha de darse cuenta que su sistema de vida no es el único. Que hay mucho por aprender en la forma de vivir y actuar de los que nos rodean, como es el caso de los indígenas. Mientras tanto, hay obligaciones, valores y principios que no se pueden posponer: democracia, libertad, respeto y tolerancia. También para ellos. 

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