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Instrucciones de uso: no quebrantar infancias

Sonia Agudo Capón. Departamento de proyectos de FIBGAR

Madrid, a 12 de junio de 2016. Hoy es un día cualquiera, un domingo sin nada en especial. Pero anoche cené con una noticia de esas que deciden también desayunar conmigo. “Dos niños calcinados y otros dos en estado grave tras arder la galera donde cortaban caña de azúcar”. Aún en pijama viajo hasta un humilde conjunto de casas de latón oxidado. Niños descalzos, de vientres hinchados, pasean sus picaduras de mosquito entre animales de corral. Chozas asentadas junto al inmenso cañaveral que es su principal fuente de sustento a la vez que su condena. Mi mente viaja a Veracruz mientras en Madrid sostengo el azucarero de mi desayuno. Con un pellizco inesperado en mis principios, miro dentro como si fuera a encontrar que precisamente este azúcar no proviene de cañas cortadas por niños. Sin embargo, no es improbable.

Busco información mientras le doy un sorbo a un café de pronto muy amargo. Comienzo a leer sobre mano de obra infantil en los cultivos más peligrosos, donde el trabajo durante largas horas al sol sin la ropa adecuada y el uso de pesticidas somete a los niños a cánceres, problemas renales y graves lesiones a causa del sobreesfuerzo físico. Bebo café de nuevo. Ahora además de amargo, se ha vuelto más oscuro. La producción cafetera de muchos paí­ses, especialmente latinoamericanos y africanos, depende de la mano de obra infantil. Las subidas de los precios del café son un incentivo para que las familias retiren a sus hijos de la escuela y los envíen a trabajar. Según la Organización Internacional del Trabajo (OIT) los productores tienen preferencia por dedos finos y pequeños que extraigan rápidamente los granos de los cafetales. Lo mismo ocurre con los granos de cacao. En las plantaciones de Ghana y Costa de Marfil, trabajan más de 2 millones de niños. El Foro Internacional para los Derechos Laborales asegura que esta cifra solo va en aumento. ¿Cuánto trabajo infantil hay envuelto en la tableta de chocolate de mi cocina? Los más pequeños apenas tienen cinco años. A esa edad, en mi país, juegan con su batido de chocolate en una diminuta mochila de la última película de Disney. La misma a la que sus coetáneos marfileños arrastran sacos y parten con grandes machetes las vainas de cacao.

Y aquí estamos mi culpabilidad y yo, urdiendo un boicot uniformadas de pijama. Un pijama por lo que veo fabricado en Bangladesh. Y de algodón. Un pijama que cumple todos los requisitos para ser el producto final de extenuantes jornadas de trabajo de demasiados niños. Vuelvo a sumergirme en internet y en la pantalla aparece Methtli, una niña de 13 años completamente encorvada, con un saco de arpillera a la espalda y cubierta de sudor. Junto a ella, en un algodonal bajo el cielo abrasador de India, también están Madhav, de 8, y Dungar, de 6. La Comisión Nacional para la Protección de los Derechos del Niño de la India afirma que cientos de miles de menores, en su mayoría niñas, sacrifican su educación y su salud para producir algodón en una industria que paga con puñados de arroz. ¿Con cuántos futuros quebrantados me visto cada día?

Y hoy que era un domingo sin nada en especial, siento a mis espaldas el peso de un ejército invisible de niños y niñas esclavizados por mi propio consumo. A la sombra de la hipocresía, leo desde mi smartphone el proceso de extracción del coltán, material con el que se fabrica la batería que celosamente cargo cada noche. La OIT especifica que cerca de un millón de niños con edades comprendidas entre los 5 y 17 años, realizan actividades de minería y cantería en todo el mundo.  Trabajan tanto en túneles de extracción, como en transporte y procesamiento. Se exponen a explosiones, derrumbes, asfixia, fracturas por cargas pesadas, y sustancias tóxicas como el mercurio, cianuro, ácidos y otros químicos.

Podría dedicar el día entero a encontrar productos que entren en conflicto con mi ética. A preguntarme por qué esos vaqueros resultaron tan baratos, o si cosieron mis sandalias unas diminutas manos de un sótano de Pakistán. No necesito más para cuestionar quién hay detrás de mi consumo. La OIT afirma que actualmente son más de 168 millones las víctimas de trabajo infantil, niños condenados a no tener infancia, a abandonar la escuela y a un deficiente desarrollo físico y mental. No hay organismos suficientes que defiendan su integridad, ni ley internacional alguna que defienda eficientemente un comercio justo que no se lucre con la explotación.

Hoy resultó no ser un domingo cualquiera, quizás porque es el Día Mundial contra el Trabajo Infantil. O quizás porque cualquier día es válido para usar nuestro consumo como herramienta de cambio. Dejar de ser cómplices de un silencio mediático financiado por marcas explotadoras y de una economía con demasiadas sombras de niños que apenas ven la luz. Y es que el trabajo infantil es un arma capaz de matar en vida al ser humano dos veces, como niño y como adulto.

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